Viajar ya no consiste en tachar monumentos de una lista. En la nueva era del turismo, los destinos se eligen con el paladar.

La comida antes una simple parada en el itinerario se ha convertido en el corazón de la experiencia. Hoy, reservar una mesa puede ser tan importante como comprar el boleto de avión.

El turismo gastronómico atraviesa una revolución silenciosa pero profunda. Ya no se trata solo de comer bien, sino de vivir algo que conecte con la identidad, la cultura y el sentido del lugar. En ese terreno fértil, las marcas encuentran un nuevo lenguaje: uno que no se dice, se saborea.

“La gastronomía dejó de ser un servicio para convertirse en un lenguaje. Cada experiencia culinaria narra quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Las marcas que comprenden que la gastronomía es cultura en acción logran proyectar autenticidad y propósito”, explica Carolina Trasviña, Client Services Director – Travel & Hospitality en another, agencia de comunicación estratégica con presencia en toda LATAM.

Anthony Bourdain lo anticipó con su genialidad habitual: “Comer con alguien, en cualquier parte del planeta, es una experiencia íntima. Siéntate en la mesa de otra cultura y entenderás cosas que nunca leerás en un libro.”

Y esa frase resume lo esencial: la gastronomía no solo alimenta, comunica.


De los sabores al significado

El turismo culinario ya es el segmento de lujo con mayor crecimiento en el mundo. Según Grand View Research, crecerá a un ritmo del 9.5 % anual hacia 2030, superando incluso a los safaris y las expediciones de aventura. Pero lo más interesante no son las cifras, sino el cambio de mentalidad: el lujo ya no se mide por precio, sino por autenticidad.

Los millennials son el motor principal de este fenómeno: más del 60 % ha elegido un destino motivado por su oferta gastronómica, según Travel and Tour World. Su manera de vivir —y compartir— cada experiencia convierte a la comida en contenido cultural global.

La Generación Z, por su parte, redefine el concepto: busca lo local, lo real, lo que huele a fogón callejero y conversación improvisada. En su mirada, comer bien es entender un territorio desde adentro.

Mientras tanto, las generaciones mayores aportan el poder adquisitivo. Prefieren experiencias exclusivas, catas, maridajes o cenas privadas, pero ya son los jóvenes quienes marcan la pauta cultural y estética. La comida se volvió identidad, y el viaje, una excusa para descubrirla.


La cocina como espectáculo y narrativa

Las redes sociales han convertido la gastronomía en fenómeno mediático. Un plato puede viralizarse en segundos; un chef, convertirse en embajador cultural de su país; un festival, en punto de encuentro global.

En ese contexto, las marcas descubren un nuevo tipo de storytelling. La gastronomía les permite hablar de sostenibilidad, innovación y raíces sin necesidad de discurso: basta con una experiencia bien diseñada. Comer, hoy, es una forma de comunicar propósito.


Más allá del plato: bienestar y memoria

La fuerza de esta tendencia también se explica por su impacto emocional. El Luxe Landscapes Report revela que el 88 % de los viajeros de lujo considera la gastronomía decisiva al elegir destino. Y el 82 % busca probar un restaurante nuevo en cada viaje.

Los hoteles lo entendieron: dejaron de vender habitaciones para ofrecer vivencias. Se transformaron en centros culturales y gastronómicos, donde el huésped no solo descansa, sino que conecta, aprende y recuerda.

Un estudio de Heliyon (2024) aporta una clave reveladora: las experiencias culinarias —desde los sabores hasta el ambiente— mejoran el bienestar y la satisfacción vital del viajero. Comer bien no es solo placer; es felicidad que deja huella.


Un nuevo lenguaje cultural

El turismo gastronómico ya no es un accesorio: es una plataforma estratégica de comunicación cultural. Los destinos que lo entienden no solo ofrecen comida, ofrecen relato.

“El reto no es solo atraer viajeros, sino diseñar experiencias gastronómicas que reflejen valores culturales y sostenibles. Desde la comunicación estratégica, ayudamos a que esas vivencias se conviertan en historias que inspiran, posicionan y generan valor real”, afirma Carolina Trasviña.

La mesa se ha convertido en territorio simbólico: ahí se cruzan identidad, tradición, creatividad y comunidad.
Para los viajeros, significa descubrir una cultura a través del sabor.
Para las marcas, representa una oportunidad para construir confianza, reputación y sentido de pertenencia.

El turismo gastronómico es, al final, un espejo del mundo: cada plato cuenta una historia que viaja más lejos que quien la prueba.

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